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B. Vizcaíno

Crónica Castillo de Acher

"Reunión de Merivas a las 8 en Puente la Reina". Leer esa frase fue suficiente para convertir en tangible la salida del sábado, hacia las murallas del Castillo de Acher. Jorge ya había mandado la ruta, ya había lanzado la flecha envenenada que hizo desaparecer de mi cabeza los proyectos del MARM, los de los militares, el examen del lunes...ya sólo estaba la Selva de Oza, la nieve, los esquís y los compañeros traveseros...no podía quedarme en casa!

            Café con leche insufrible en Puente la Reina, saludos y presentaciones: "de qué conoces a nosequién?" "pero vosotros ya os conocéis?" "ah, tú eres...." Nos damos cuenta del micromundo que esto del esquí de travesía, mientras sorbemos el café y compartimos cruasanes...hala, vamos que el Castillo espera...

            Frío matinal (-6ºC), y algunas nubes que todavía no han levantado. Kilómetros de pista llana junto al Aragón, nos dejan conversar tranquilamente en la umbría, sin sudar una gota pero provocando unas estupendas ampollas para disfrute del resto del día (pobres Néstor y  Elisa!). De repente, oigo a Jorge "Aquí poned cuchillas que hay nieve dura!" ¿Qué pasa, qué dice? Ah! Que ya se sube, se acabó la pista...hala pues, cap amunt! Cada uno coge su ritmo, empiezan los calores, y en la primera parada, mientras algunos nos quedamos pajaritos, otros llegan de manga corta. Jorge pide sol a gritos, y yo a silencios. No sé a quién hizo caso, pero llegó, nos ofreció una subida por el Barranco del Barcal, llena de reflejos, de sombras...la silueta de Miguel subiendo en solitario otro pico era un regalo; y hasta yo, que ni le conozco, me sentí orgullosa de él.

Poco a poco fuimos ganando altura, muy suavemente, hasta la piedra donde nos esperaban Donato, Jorge y Gonzalo, como lagartos al sol, alegres y tranquilos. Casi las dos y la muralla encima. Yo muerta de ganas de ir por ella, Gonzalo preocupado por la prisa, Elisa llagada, y Néstor con tantas ganas como yo. Tras pocos comentarios decidimos seguir, "pole pole", con unas vueltas maría, entretenidas, trabajadas, por la cantidad de nieve y la inclinación (doy gracias por lo escueto de mis esquís). Y por fin conquistamos las murallas, veo a Donato encantado de la vida, y a mi, sin poder evitarlo, me ocurre lo que tantas veces: me vienen canciones hortera a la cabeza, que tienen algo que ver con el sentimiento del momento, pero producen distorsión de la situación "felicidad, qué bonito nombre tienes, felicidad...". En fin. Ya nos queda poco, pero aún hay que bordear ese valle mágico, en alto; el mejor secreto del Castillo, sin duda. Yo no me puedo creer tanta belleza, y es que al llegar a la cima uno no sabe ni dónde mirar. Tanta panorámica emborracha, aturde, elimina todos los sentidos para dar prioridad absoluta a la vista, y allí te quedas, impregnado de azules y blancos...

            Muy a mi pesar había que bajar, volver al coche, y salir pitando...un pequeño borrón en un día de 9,9 (que es que los dieces son un poco aburridos, dejemos la perfección como privilegio de los dioses...) Pero antes de marchar, un último regalo: las vistas del Castillo iluminado, ya en los tonos rosáceos de la tarde, como despedida.

Fins una altra, companys!

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